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La familia Ingalls

Un clásico televisivo que marcó a millones de espectadores entre los años 70 y 80 regresa a Netflix con nuevos protagonistas y una mirada mucho más respetuosa de los nativoamericanos. Enhorabuena.



Ante tanto fútbol de estos días por la Copa Mundial, un respiro televisivo nunca viene mal. O uno del streaming, más bien dicho. Y pocos respiros pueden resultar más reconfortantes como volver a encontrarse con la familia Ingalls en la nueva adaptación de Netflix de “La pequeña casa en la pradera”. Para quienes crecimos en el Chile de los años ochenta dicha serie era un ritual cotidiano. Cada tarde, a la hora de once, nos sentábamos frente al televisor para disfrutar sus historias, esas que siempre dejaban una enseñanza sobre valores universales. No por nada era transmitida por el muy católico Canal 13.

Basada en la saga de novelas autobiográficas de la escritora Laura Ingalls publicadas en la década de 1930, la serie original de los años setenta —protagonizada por un monumental Michael Landon— se convirtió en un clásico de todos los tiempos. Razones tuvo de sobra. La principal, lograr transmitir la esencia de una familia que enfrentaba las dificultades de la frontera norteamericana con esfuerzo, afecto y una inquebrantable confianza en el futuro. No era una visión ingenua del mundo, más bien una apuesta por recordar que incluso en los tiempos más duros la dignidad podía prevalecer.

Siendo un niño mapuche reconozco que había un aspecto que me atraía especialmente. A diferencia de tantas películas de Hollywood de aquellos años, la serie mostraba con frecuencia a los nativos americanos como personas respetables, incluso pacíficas y hospitalarias. No era una representación perfecta, por supuesto, pero sí mucho más humana que la caricatura dominante del western clásico plagada de caricaturas violentas. Para un niño indígena que apenas encontraba referencias positivas de pueblos originarios en la televisión chilena, créanme no era un detalle menor.

La nueva adaptación de Netflix dobla la apuesta en ese sentido, dialogando mucho mejor con nuestro tiempo. En lugar de repetir sin más la mirada de los años setenta, vuelve a los libros de Laura Ingalls y al contexto histórico en que transcurre la historia, situando con mayor claridad a la Nación Osage como protagonista de la serie. Enhorabuena. Ellos eran los dueños del territorio donde llegaron los colonos en Kansas y merecían ser más visibles. La producción hasta incorporó asesores culturales nativos para construir una representación mucho más rigurosa y respetuosa de ese pueblo.


Siendo un niño mapuche reconozco que había un aspecto que me atraía especialmente. A diferencia de tantas películas de Hollywood de aquellos años, la serie mostraba con frecuencia a los nativos americanos como personas respetables, incluso pacíficas y hospitalarias. No era una representación perfecta, por supuesto, pero sí más humana.

Según declaró en días recientes Julie O’Keefe, uno de los asesores contratados por la plataforma, desde las primeras conversaciones con integrantes de la Nación Osage surgió una idea fundamental: “Si vas a contar la historia, entonces necesitas contar ambos lados”. Es por ello que la serie aborda la tensión entre el american dreams de los colonos y las consecuencias que la expansión estadounidense hacia el oeste, los tratados coloniales violados y el impacto de todo ello sobre las tribus y su gente. ¿Demasiado woke? Para nada. Solo una mayor fidelidad con el espíritu de las novelas originales y el mensaje que su autora intentó entregar.

En lo personal aplaudo que la nueva serie se atreva a mostrar a los osage como realmente eran: una nación rica y próspera que había sabido adaptarse a la vida occidental sin renunciar a su identidad. Basta recordar que, a comienzos del siglo XX, los osage llegaron a convertirse en la comunidad más rica del mundo en términos per cápita gracias al descubrimiento de enormes reservas de petróleo bajo sus tierras en Oklahoma. Aquella extraordinaria prosperidad, seguida por una ola de asesinatos para arrebatarles esa riqueza, fue retratada por Martin Scorsese en la película “Los asesinos de la luna”.

La nueva adaptación no destruye el recuerdo afectuoso de la serie original; al contrario, lo enriquece de manera notable. Demuestra que es posible conservar la calidez de una historia familiar y, al mismo tiempo, ofrecer una mirada más honesta sobre el pasado de los Estados Unidos, incorporando las voces de quienes durante demasiado tiempo permanecieron en los márgenes del relato. Aquí surge inevitablemente una pregunta: ¿Cuándo la televisión o el cine chileno se atreverán a abordar con esa misma sensibilidad la historia de La Araucanía?

Los colonos europeos que llegaron a nuestra región por oleadas a fines del siglo XIX son, en muchos sentidos, nuestra propia familia Ingalls. Hablo de todos aquellos franceses, italianos, suizos y alemanes llegados desde el otro lado del Atlántico a los campos de Contulmo, Traiguén, Victoria, Temuco y tantas otras comunas. Conocer sus historias de vida, las razones que los llevaron a abandonar sus hogares y las relaciones —buenas y malas— que establecieron con los mapuche que ya habitaban estas tierras probablemente nos ayudaría a comprenderlos mejor. Y, de paso, también a comprendernos a nosotros mismos. Falta que nos hace.


 
 
 

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